El cine y pensamiento crítico: como las historias audiovisuales nos educan

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El cine y pensamiento crítico: como las historias audiovisuales nos educan

El órgano con que yo he comprendido el mundo, es el ojo.

 JW Goethe

El cine de animación y las primeras etapas del ser humano

En su libro Meditaciones de cine, Quentin Tarantino recuerda cómo, siendo apenas un niño de siete años, fue al Tiffany —una sala de cine en Los Ángeles— a ver una función doble con su madre y su padrastro. En medio de una de las películas se quedó dormido, y al despertar tenía un centenar de preguntas sobre los cabos sueltos que quedaban en su cabeza. Pasó el viaje de regreso a casa interrogando a los adultos para reconstruir la historia que se había perdido, así fue como el afamado director partió educándose a través del cine y desarrollando un pensamiento crítico.

Lo importante de aquella anécdota del pequeño Quentin —como él mismo reflexiona— es que no quería quedarse en casa con una niñera ni con su abuela: quería estar entre los adultos, ir al cine y consumir historias. Además, observaba sus reacciones ante ciertos chistes o situaciones. El futuro director conoció los gustos, los dramas y las emociones de los adultos a través del cine. Y lo demás, ya es historia.

En un sentido más personal, el cine para mí tuvo un inicio semejante. La primera vez que fui al cine me quedé dormido muy pronto, al comienzo de Godzilla.

A diferencia de Quentin, no quise decepcionar a los adultos mencionando que me había rendido ante la oscuridad de la sala, la comodidad del asiento y mi dificultad con los subtítulos que me impedían apreciar las imágenes. Ignorando que me dormí en plena película, mi abuela prometió llevarme al estreno de El planeta de los simios. Poco después enfermó gravemente y nunca pudo cumplir su promesa. Tras su muerte, guardé aquella película para el futuro, como quien deja reposar un vino esperando una ocasión especial (y vaya que valió la pena), mientras tanto me entrené para ese momento viendo series animadas y películas en la TV, además de las maratones de películas arrendadas los viernes por mis padres.

Entre todas las series animadas de aquellos años, hubo una que destacó por sobre las demás: Hey Arnold! de Craig Bartlett. Fue una cátedra silenciosa sobre cómo ser una mejor persona para cada niño que tuvo a Arnold como “hermano mayor”.

La serie normaliza la interculturalidad —un tema tan vigente y necesario— y muestra a un nieto respetuoso con sus abuelos, los cuales eran los responsables de su crianza, dentro de un gran matices de temáticas que pueden llegar a ser difíciles de digerir de otra forma para una persona que está en las primeras etapas de su vida en sociedad. En pocas palabras la serie es como un bachillerato para aprender a enfrentar la vida y el cine con pensamiento critico.

Craig mencionó en el festival Chilemonos varias de sus inspiraciones y referencias culturales: Frida Kahlo, Gabriel García Márquez, Los Beatles, entre otros. Esto nos invita a reflexionar sobre cómo el cine y la animación dialogan con el arte y la cultura, convirtiéndose en la forma de arte más consumida de nuestra época, junto a la música. Esta última también brilla en Hey Arnold! gracias al compositor Jim Lang, quien despertó en toda una generación el gusto por el jazz y por las sutilezas sonoras que acompañaban cada historia.

La habitación de Arnold, el sueño arquitectónico de más de una generación, imagen obtenida de pinterest

El universo audiovisual como divulgador cultural

Desde la fotografía ya se vislumbraba el inevitable camino de democratización del arte y la ciencia. El uso de la imagen en periódicos, revistas y obras artísticas anunciaba los albores de un cambio profundo: el acceso del público común a lo que antes estaba confinado a bibliotecas o museos. Hoy, los realizadores audiovisuales han llevado a las pantallas océanos de conocimiento cultural de una forma más lúdica y directa.

El género documental, por su parte, se erige como un profesor por excelencia. Títulos como Mi maestro pulpo (Pippa Ehrlich y James Reed) permiten al espectador comprender la inteligencia del reino animal. Hongos mágicos revela la asombrosa capacidad medicinal y científica del reino fungi. En Donna Haraway: Story Telling for Earthly Survival (Fabrizio Terranova) se explora la relación entre pensamiento ecológico y narrativa. Cooked, dirigida por Alex Gibney y basada en el trabajo del periodista Michael Pollan, investiga la historia cultural y filosófica de la gastronomía. A ello se suman los documentales de Carl Sagan (Cosmos) y los de David Attenborough, verdaderos tesoros que nos conectan con la naturaleza y la vida en la Tierra.

Todos ellos conforman un inmenso archivo de joyas educativas que han enriquecido a la sociedad.

El cine critico y la sensibilización del público

El neorrealismo italiano, nacido tras la Segunda Guerra Mundial, llevó al cine a mirar de frente la realidad social. En El ladrón de bicicletas (1948, Vittorio De Sica), la historia se centra en la dura vida de Antonio Ricci, un padre que lucha por sostener a su familia mientras busca desesperadamente la bicicleta que le daba sustento. De Sica logra que vivamos en carne propia la frustración de este hombre, hasta conducirnos con él hacia su error final.

Películas como esta, y en general el neorrealismo, nos enseñan a empatizar con las historias ajenas. Sus semejanzas y diferencias con nuestra propia vida activan la sensibilidad y la conciencia del espectador.

Si el neorrealismo nos muestra las heridas sociales, películas como La naranja mecánica o Poor Things se adentran en los rincones más oscuros de la mente humana. Exploran los deseos, la agresividad, la perversión y la manipulación. En ambas, la sexualidad y la violencia aparecen como espejos del inconsciente —en sintonía freudiana— que revelan lo que solemos ocultar.

Obras de este tipo necesitan de un mediador: un criterio que permita al espectador comprender su contenido y reflexionar sobre él. Su valor artístico no está en justificar lo mostrado, sino en abrir capas de interpretación sobre la compleja trama de la mente humana.

El cine y el pensamiento crítico: un espacio para la reflexión

El cine llegó para unir las artes y las ciencias, consiguiendo democratizar su belleza y su conocimiento.

Ya no es necesario pertenecer a una élite para contemplar la mirada de los artistas o examinar la expresión de cada época: basta con una pantalla encendida para entrar en diálogo con el pensamiento del mundo.

A lo largo de su historia, el cine ha sido un espacio de reflexión colectiva.

Películas como The Truman Show (Peter Weir, 1998) cuestionan la manipulación mediática y el valor de la libertad individual en un mundo cada vez más controlado por las apariencias. Matrix (Lana y Lilly Wachowski, 1999) se transformó en una metáfora filosófica de la realidad y la conciencia, inspirando debates que van desde la caverna de Platón hasta la inteligencia artificial contemporánea.

En El club de la pelea (David Fincher, 1999), la crítica al consumismo y la masculinidad tóxica se entrelaza con una pregunta esencial: ¿quiénes somos cuando dejamos de ser lo que el sistema espera de nosotros?  Mientras que Her (Spike Jonze, 2013) expone la soledad emocional del siglo XXI y las nuevas formas de afecto mediadas por la tecnología, recordándonos que la empatía y la conexión humana siguen siendo necesidades irremplazables.

Incluso dentro del cine animado encontramos lecciones de pensamiento crítico y sensibilidad. WALL·E (Andrew Stanton, 2008) advierte sobre la devastación ambiental y la pérdida de humanidad en la era del confort tecnológico.

El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001) enseña la madurez a través del asombro, el trabajo y la empatía, mientras que Inside Out (Pete Docter, 2015) traduce la complejidad emocional en una pedagogía visual capaz de educar tanto a niños como adultos.

El mundo audiovisual ha dejado una huella tan profunda en la cultura que frases como “vivimos en la Matrix” o “crear un club de la pelea” se han vuelto parte de nuestro lenguaje cotidiano.

Son bromas, sí, pero también recordatorios de cómo las historias del cine se incrustan en la piel y muchas veces se transforman en filosofías de vida.

El cine, en definitiva, no solo entretiene: nos educa, nos cuestiona y nos entrena en la capacidad de observar y pensar. Nos enseña a mirar desde la sensibilidad, a reconocer lo invisible y a ejercer una forma de pensamiento critico que no se limita al razonamiento lógico, sino que nace del asombro, la emoción y la empatía.

El ojo —como dijo Goethe— es el órgano con el que comprendemos el mundo. Pero el cine, a través de ese mismo ojo, nos enseña también a comprendernos a nosotros mismos.